PAGINAS SIXTO

lunes, 27 de agosto de 2012

YO QUIERO SER INVISIBLE

Aquí tengo un par de ideas de lo que quisiera si pudiera ser invisible. Un punto de vista totalmente diferente a la canción invisible

Quiero ser invisible para poder estar en el backstage de PAUL MCCARTNEY.  Quiero que mi piel sea transparente para escuchar de cerca a La Linares. Quiero ser etéreo y estar en el set viendo sonreir a Mónica Sanchez, Quiero ser imperceptible, impalpable y estar  viendo al piano a Fito Paez o rimando a Joan Manoel,
Quiero ser incorpóreo  y así estar caminado junto a Al Pacino o viendo sentado a su  lado imitar a Kevin Spacey.

Quiero ser invisible pero con ellos, no Contigo

Quisiera aún que mis huesos, mis músculos y tendones sean translúcidos y que la luz atraviese sin detenerse o inmutarse.

Quisiera que mis cabellos (tan pocos) casi blancos  tornen-se diáfanos y mis pupilas incoloras o mis pasos agitados no generen ruido

Quisiera todo eso y más si  SOLO fuera visible para ti todos los días de mi vida.

Eso es lo bueno de tener un BLOG y así poder decir y hacer como un diario abierto

viernes, 2 de marzo de 2012

AROMAS DE CAFE ....SEGUNDO INTENTO


El humo del cigarro permitía ver sólo una figura nubosa, indefinida, lejana pero, indudablemente, era Abdías Romero quien se acercaba con sus sacos de café. No era sólo por su forma de caminar, o tal vez sí,  pero Abdías era fácil de reconocer. Siempre con su pantalón beige de bayeta perdido entre los sucesivos y necesarios  parches que impedían distinguir donde comenzaba  la tela original. Su camisa era más bien oscura, raída a fuerza de rozar la trocha. El marco de todo aquello era el machete siempre brillando en lado izquierdo de su correaje y el sombrero de paja que alguna vez debió ser blanco. Pero, no era ese rostro curtido por  el frío de las medianas alturas de Cajamarca ni su mal cuidada barba, ni mucho menos sus pequeños e hirientes ojos negros o las cicatrices en sus brazos lo que producían ese temor tan grande en los niños y mujeres y aún en muchos de los hombres del pueblo. Era su caminar lo que producía ese efecto  atemorizante cuasi  deletéreo, un pavor de leyenda que dicho sea de paso era aumentado por los chismorreos de las viejas de la Plaza.  No sé podía decir nada sobre el carácter de Abdías Romero mirando a su rostro o escuchando el lánguido y monocorde tono de su voz. Sin embargo, uno sabía su estado de ánimo mirando como caminaba rumbo a la Calle Pakamuros donde se hallaban las grandes tiendas de acopio de café. Si estaba molesto por la mala cosecha entonces sus pasos eran lentos seguidos de una carraspera que sonaba casi como un graznido. Si  estaba colérico por los bajos precios del café sus pasos eran rápidos, coordinados casi toda una marcha de protesta llevada tan sólo por esas dos piernas. Y si tenía un paso cansino, serrano era porque estaba contento y quería que esa bajada a la plaza no terminara. El peor momento, el menos indicado par verlo al rostro  era cuando el viento nos había enrostrado en la cara su fuerza o la torrencial lluvia nos había encerrado a  todos en nuestras casas. Ahí, sus pasos eran firmes, desafiantes insolentes como si retara a la naturaleza y su poder. Y ayer había llovido como nunca desde hacía 30 años.
Los hombres como Don Manuel nunca demostraban su miedo, si es que en verdad lo tenían. Por el contrario, encendían un cigarro tras otro pacientemente esperando el día de acopio demostrando una falsa e hipócrita seguridad en recuerdo  a los viejos gamonales del siglo pasado. Don Manuel distinguió el desafiante andar de Abdías Romero y tragó saliva y humo. Empezó a toser  compulsivamente  moviendo el brazo en señal de saludo. Don Manuel invitó a pasar al recién llegado a su espacioso almacén. Un cuarto inmenso que alojaba café y quietud, buena combinación, porque el mejor café es aquel reposado en un ambiente seco donde el silencio y el tiempo permitan capturar la fragancia característica, el cuerpo necesario.
Buenas tardes, Don Manuel soy Abdías Romero – dijo el viejo sin entrar al almacén. Parado ahí a contraluz  su figura con el machete a lado visto desde el umbral daba la sensación de se la sombra de un animal grotesco con una caprichosa y rígida cola.  Esa espeluznante visión hizo tambalear ligeramente a Don Manuel quien se apoyó en su balanza para no caer. “Carajo, ¿Quién este tipo? ¿Quién mierda se ha creído? ¿Qué tiene en su mirada?” pensó. Sin habla, aún tosiendo le hacía señas para que suelte sus sacos de café y pase al interior para comprobar la calidad del mismo. Los pocos empleados que estaban en ese momento tenían el rostro petrificado. Nadie se movía de su sitio. Las miradas se cruzaban una a otras pidiendo explicaciones inexistentes. El silencio que invadía el ambiente parecía estar carcomiendo  las vísceras de los ahí presentes. El silencio, la soledad y las noches sin luna son los grandes aliados del miedo. El silencio es, sin embargo, el aliado más sombrío.  Y en esa habitación el silencio era sepulcral, eterno.
Pero, hombre, ¿Quién no te conoce?- dijo Don Manuel tratando de mostrar aplomo en sus palabras.- Además ya hemos hecho negocios el año pasado. ¿No recuerdas? La gran venta de Octubre. Pero dejémonos de cosas, carajo,  hombre toma asiento ¿ o te vas a quedar ahí todo el día?
Cuando el poderoso Don Manuel se percató de su frase- amenazadora y desafiante como si fuera cualquier agricultor de pacotilla - sintió un frió que recorría sus labios yendo por su lengua hasta adentrarse en medio de su pecho. Quiso arrepentirse pero no pudo articular palabra alguna. Los hombres del almacén  no entendían si era  valentía o estupidez de su patrón el tratar así al siniestro caminante.
Me siento- contestó Don Abdías – pero sólo un rato porque quiero  regresar a mi parcela. Hoy he venido a hablar con Usted de algo muy serio. La solemnidad de Don Abdías era un mal presagio. Todavía recuerdan en el pueblo la vez que esa solemnidad se llevó al Boticario González. No pasaron ni tres días después de la última conversación del caminante y el Boticario cuando se supo que éste había desaparecido. Su mujer lo lloró sesenta días. Ella decía  que su esposo se despedía desde una semana antes de la visita de Abdías Romero  “Cuida a nuestra hija, dile que la quiero mucho, esto lo hago por ella" –repetía la viuda acerca de las últimas palabras de su desaparecido esposo.
Don Manuel apretó un puño dentro de su  pantalón para no lanzar un grito. Sabía que no podía flaquear ante su gente. Hizo un gesto como despidiendo a todos.  En treinta segundos no quedaba ni el aliento de los obreros en el almacén. “Al fin, somos tu y yo; Abdías Romero” –  exclamó Don Manuel tratando de impregnar un aire de soberbia, de poder, de hacendado – ¿Has venido por mí? ¿Acaso no me dijiste Abdías Romero que cuando mi última hija se case era el momento para nosotros dos? Yo he cumplido con todo nuestro acuerdo. ¿Qué mas deseas?
Quiero un solo un café – pidió calmadamente el misterioso y enflaquecido hombre- pero que sea catimor. Sé que usted tiene café catimor  Don Manuel. Usted sabe que a mí no me puede engañar. Yo leo en las hojas del café. Usted lo sabe.
         Si pues, Don Manuel sabía eso y mucho más, sabía todo. Por eso prefería estar  a solas con su el extraño visitante. No quería que hacer partícipe a nadie de los misterios de Abdías Romero. Por eso su penúltimo gran esfuerzo fue sacar a todos sus empleados para quedarse frente a frente con la vida que venía a pasar su irremediable factura largamente postergada. Ya no recordaba cuando empezó con su negocio. Era muy joven fresco y arriesgado.  Como cualquier  muchacho de  estos valles no tenía tierra, no tenía dinero sólo su ambición, ese motor que mueve a los hombres a emprender proyectos destinados al fracaso o al éxito.  Y su ambición era grande. Sus deseos no se quedaban sólo en estas tierras olvidadas por la historia oficial. Él quería conocer más allá de la cordillera donde decían  que las casas eran tan grandes como la Plaza del pueblo, donde  la vida cual caballo desbocado  pasaba rápido, indolente sin detenerse. Pero, ¿Cuál era la esperanza para alguien como él?. Siempre de regreso de alguno de los cafetales adentro en la montaña, se detenía en los baños de hierro al costado de la carretera a Bagua. Estaba metido en esas sucias pozas horas y horas hasta que la piel arrugada de tanta humedad lo sacaba de sus cavilaciones. “Algún día todo esto será mío de alguna u otra manera” pensaba en voz alta. Y a veces ya entrada la noche desnudo salía a la carretera  gritando a los apus de la montaña que nadie lo detendría.  Realmente no podían haber pasado treinta  años. Claramente, podía recordar hacía cuanto que había desafiado a las montañas.  Siempre creyó desde esa vez que las montañas le tenían miedo. Don Manuel pensaba que la voluntad humana era capaz de doblegar aun a las fuerzas más oscuras.
         El  chirrido producido por la olla de presión lo sacó abruptamente de sus recuerdos y lo trajo de vuelta a esa vieja silla de madera en medio de su inmenso y próspero depósito. Don Manuel sabía que un buen café debía tomarse en estado de ebullición.  Más aún si era tipo catimor porque  así podía aprovecharse al máximo su esencia. El café catimor es un grano pequeño negro seco de tanto estar expuesto al inclemente e inacabable  sol de estos valles. Al masticarlo para ver su calidad nos debe dejar un amargor entre el paladar y la garganta que  nos confirmará su inmejorable estado. Sólo el paladar educado puede notar la sutil y olorosa diferencia que convierte una simple taza de café en motivo de reflexión y análisis.
         El imperturbable visitante tosió impaciente. En ese instante Don Manuel transfiguró su rostro -“Esa maldita tos"- musitó despacio casi para si mismo- “Es la misma de aquella tarde en la carretera”.  Lo extraño era que nunca hasta en todos estos años había escuchado a Abdías Romero toser de esa manera tan gutural. Cuando se volvió hacia su ocasional acompañante observó un  brillo maligno en esos ojos negros.  Sus dientes parecían más grandes, sus orejas puntiagudas,  hasta podría decir que el ambiente se había llenado de un olor hediondo irreconocible, sólo disimulado por  el penetrante olor del café almacenado.  La taza en la mano de Don Manuel temblaba. Se acercó lentamente y puso la taza  cerca de Abdías Romero.
         “Usted prepara muy bien el café Don Manuel como en los viejos tiempos” – dijo la figura grotesca como recordando algo. Quizás aquella lejana tarde de invierno en al carretera cuando un hombre sucio malherido se cruzó en el camino de un pobre diablo tirado en la pista harapiento muerto de frío con el hambre colgado en el rostro. Fue a aquel hombre que Don Manuel dio parte de sus ropas y le preparó un café catimor caliente. Fue  a ese joven Don Manuel que le dijo “ Hoy tu vida puede cambiar si tú lo deseas con todo tu alma, si tu deseo es tan grande podrás a partir de hoy tenerlo todo pero debes saber que todo tiene un precio”.  Ese incrédulo joven creyéndolo presa  del helado clima, del angustioso hambre. Sólo atinó a responder.” Tome este café, no piense en otra cosa.”
         Don Manuel también recordaba por eso temía. Quiso levantarse para huir pero sus pies estaban como unidos a la tierra igual que la mala hierba cuando se arrastra y e infecta toda tierra. Afuera, el viento silbaba señalando la soledad de las calles, y  si hubiera podido huir ¿Quien le hubiera dado refugio?. El pueblo era un espectro.  “Esa vieja tarde, recordaba él hasta hoy triunfante empresario, mi vida cambió. Pero me olvidé en cinco  minutos de mi  promesa.  Realmente la vida de Don Manuel hace treinta años era muy diferente. Los negocios empezaron a salir uno mejor que el otro. “La suerte jamás abandona a Don Manuel” era un dicho que recorría todos los cafetales de la sierra y selva del norte. Si el precio del grano bajaba entonces Don Manuel caprichosamente empezaba a comprar todo. Una vez que estaban  llenos sus almacenes, misteriosamente el precio subía. Si por el contrario, los precios estaban altos, sus competidores tenían problemas para abastecer los pedidos. Ahí aparecía Don Manuel con esa confianza que se ganó con los grandes acarreadores. Y vendía a mejor precio. En su vida personal los éxitos también le sonreían. Se casó con la más bella mujer  del pueblo que al postre resultó ser la heredera de la más grande plantación de café de toda la región.  Pasaron los años y se convirtió en la autoridad. No, ostentaba ningún cargo público. Lo suyo era detrás de bastidores. Congresistas, comerciantes, banqueros, militares todos querían estar cerca de Don Manuel. Toda una pléyade de aduladores que adormitaron la desconfianza de los primeros años. Aquellas preocupaciones iniciales (¿por qué la suerte me sonríe tanto? ¿Por qué sólo mi cosecha se conserva? ¿Cómo me fue tan bien con mi matrimonio?¿Nunca me he enfermado?) fueron cediendo ante el poder magnificente abierto ante él. Ante ese mundo que se rendía sus pies. Los límites no existían. Por eso, en la fiesta de compromiso de su quinta y última hija pensó que todo había sido obtenido por él. Sólo él y su denodado esfuerzo. El pasado solo había sido un sueño. El poder ciega a las personas. Pero la vida tarde o temprano nos espera a la vuelta de la esquina. Sin importar el poder.
         Hoy, sin embargo, tan pequeño y débil como esa tarde en la carretera hace treinta años se preguntaba- “¿Dónde habían quedado mis sueños, mis hijas, dónde se había ido mi vida?. Ahora, la avaricia, causante de su evidente soberbia le  producía terror. Terror a la pobreza, a una medianía constante sin éxito, sin poder. De pronto un pensamiento recorrió su cabeza. Él era Don Manuel. Él no podía rendirse tan fácilmente. Su esfuerzo, su trabajo no se derrumbarían por la amenaza de un anciano de una promesa perdida en el tiempo y quizás inexistente. Se levantó ágilmente y se dirigió hacia la puerta,  las piernas aunque duras lo llevaban directo a la puerta de salida del almacén. Hacia la libertad, rumbo al tardío arrepentimiento.
         Ya era muy tarde. Llego a dos metros de la puerta y no pudo dar un solo paso más. Una fuerza siniestra, invisible lo detuvo. Quiso gritar y sus cuerdas vocales no respondieron. Abdías Romero se acercó hacia él y vio que los ojos de Don Manuel empezaron a llenarse de sangre, las venas del cuerpo se marcaban nítidamente como si la sangre  se agolpara frenética. El cuello de Don Manuel mostraba las carótidas a punto de estallar. Entonces, Abdías Romero lo cogió entre sus brazos y pronunció al oído una frase ininteligible y Don Manuel cayó pesadamente al suelo, profiriendo un grito quedo exánime. En su rostro se reflejaba el horror cercano a la muerte.
 Abdías Romero cogió el café hirviendo y lo echó alrededor de todo el cuerpo, el café nunca terminaba de salir de aquélla pequeña taza, y cuanto más café salía mas vapor se generaba en el ambiente y un olor  a azufre invadía el almacén. El vapor del café iba formando alrededor del cuerpo tendido una masa gaseosa compacta, inmóvil  que no se elevaba del suelo. Cuando Abdias Romero observó que el cuerpo había desparecido completamente gracias a este a ese  sulfúrico café y  no quedaba en el suelo más que la ropa húmeda cubierta por ese vapor inanimado,  entonces, recién ahí levantó la taza vacía. Ahí fue que esa masa gaseosa empezó a girar y elevarse. Rápidamente, se dirigió  hacia una de las amplias ventanas rompiendo los vidrios con un ruido estrepitoso y empezó a ascender lentamente hacia el firmamento aumentado progresivamente de volumen. Y terminó su ascensión ubicándose entre las infinitas nubes del valle de Jaén. ¿Cuantas más de aquellas enseñoreadas nubes serían fruto de este antiguo y maldito pacto?. ¿Cuál de ellas sería el boticario Gonzáles? ¿Es acaso este magnifico cielo celeste matizado con grandes aglomeraciones de níveas nubes fruto de una infausta maldición? ¿Todos los cúmulos, nimbos, cirro-cúmulos, y cúmulo-nimbos  de estos valles provienen de una maldición perdida en el tiempo? ¿Quizás alguno de los apus de estos montes nos habría maldecido? Mientras tanto, allá abajo en el almacén entre los vidrios esparcidos por todo el almacén, al  costado de los vestigios de ropa se hallaba un papel amarillento, arrugado con algo escrito. Tenía una caligrafía extraña pero se dejaba leer. Era la frase dicha al oído de Don Manuel poco antes de su desaparición.  “Tenías hasta hoy para arrepentirte”. Así de simple, vino la noche negra con todas sus estrellas y Abdias Romero cogió el papel arrugado y  siguió caminando. Una vieja deuda esperaba en el próximo pueblo.