Este es mi Harry
Potter, detente un rato joven lector, respira entre el smog de los autos
trepidando por las cada vez más angostas calles de Lima, que nos están
volviendo al tráfico de la Lima colonial pero con motores diésel, detente entre
el ruido de corredores azules y el silencio de alcaldes amarillos.
Julio Verne fue
mi JK ROWLING y Ariel Juvenil era Salamandra Ediciones. Visitando un mercado de pulgas para malgastar
en cosas que quizás ya tengo, me detuve y me encontré con este ejemplar,
parecía que el destino me llevaba a 1977. Otra vez. Recordé, de nuevo, al profesor
Otto yendo en un Viaje al Centro de la Tierra, al Capitán Nemo (el original) y
su Nautilus recorriendo Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, a Miguel Strogoff
cabalgando en una lejana estepa rusa y también a Phileas Fogg y su ayudante
Picaporte dando la vuelta al mundo en ochenta días.
Eran tiempos del
gobierno militar (ahora lo sé), época de televisión en blanco y negro, del pantalón
acampanado y donde tener un blue jean era tener status. Refugiado en un esquina
de cualquier casa haciendo crecer mi naciente e ignorada miopía leyendo sin
luz.
No habían Keikos
ni Kenyis aún, todo era (o se sentía) más inocente. Para jugar a solas, no se
necesitaba tecnología solo representar cualquier escena de los libros de Ariel
Juvenil. Fueron 100 números y estoy seguro que leí no más de la mitad, tal
parece que en Perú no imprimieron toda la colección. Mi madre, otra vez nuestra
protectora y formadora, me conseguía los ejemplares que se podía. Tenía una
frustración por no tener toda la colección y es por ello que ahora procuro que
mis hijos siempre tengan un colección completa (y me ahorro unas sesiones de psicoanálisis)
Fue con Ariel Juvenil
que conocí a Alejandro Dumas y sus Tres Mosqueteros pero también aprendí a los
09 años quien fue Alfred Nobel o Albert Schweitzer (pongan google). Y los leía
porque leer era igual de importante como luego sería el fulbito o el basket con
mis compañeros del Ricardo Palma de surquillo.
Recuerdo que
entre Dante y Angamos había un puesto de revistas de segunda donde podíamos intercambiar
nuestros libros por otros. Hasta ahora no entiendo cuál era el negocio del
amable señor que de vez en cuando me
carajeaba por que no llevaba nada para cambiar sino para leer con fruición y,
muchas veces, de manera furtiva algún ejemplar de Ariel Juvenil.
Cuando vi este
ejemplar a dos soles, busqué entre mis monedas una razón para llevármelo a
casa. Tengo dos o tres versiones de este libro y me repetía a mí mismo pero
esta tiene una valor mayor. Lo hojeé, esta vez sin ningún carajo de por medio,
una y otra vez. La voz de mi hijo pidiendo que sigamos buscando algo de the Avengers (lease Los Vengadores de mi época) me
trajo de vuelta a esta Lima variopinta y agreste. Seguí caminando. Sigo sin
terminar mi colección

