PAGINAS SIXTO

martes, 8 de febrero de 2011

EL PRIMER INTENTO

Días de visita

Sus cabellos negros caían sobre su hombro ocultando parte de su rostro.  Ella estaba recostada sobre el amplio sillón de cuero de la habitación. Su mirada inmóvil en algún punto de la habitación permitía concluir su concentración en el trabajo. La luz mortecina resaltaba escasamente sus formas, aunque ello era suficiente para mostrar un cuerpo muy bien cuidado, trabajado. El camisón de seda dejaba entrever sus largas y moldeadas piernas. En la parte superior el encaje  del brassiere   se amoldaba sobre unos pechos desafiantes, llenos de vida. Él puso su dedo sobre el obturador disparando  casi inconscientemente tratando quizás de capturar toda esa sensualidad que desbordaba la habitación, la cual por cierto no era muy amplia ni adornada. Era mas bien sencilla, hasta  podríamos decir sombría. Apenas un par de sillas, una mesa, la cama pegada a una de las paredes y el sillón ubicado en el mismo centro de la habitación. La lámpara de pedestal y una ventana muy pequeña al otro lado de la habitación completaban el cuadro. El se había encargado de darle vida  a esa lúgubre y solitaria celda a veces claustrofóbica, a veces inspiradora.  A través del visor, él escrutaba cada parte de ella tratando de captar cada movimiento, cualquier cambio por simple o imperceptible que éste fuera. Trataba de encontrar algo más que un simple retrato. Estaba exaltado, se movía  alrededor de ella, seguía disparando. El silencio era una constante sólo interrumpida por los clicks de la cámara.  El silencio llenaba de tal manera  la habitación que se transformaba en parte vital del decorado. Sí, esa inhumana calma  crispaba los nervios de él. Lo torturaba día a día, el silencio lo invadía todo, incluso a él, pues penetraba entre sus poros y adentro el silencio golpeaba su cerebro como el más feroz de los ruidos.
Por eso, no quería detenerse pues en cada clic, él sentía dominio sobre su callado e impertinente acompañante. Se regocijaba en cada toma, cada vez que sus zapatos rechinaban o cuando aspiraba tratando de respirar para compensar su incipiente insuficiencia respiratoria producto de sus múltiples  hipocondrías. Su aliado era la luz de esa lámpara. Ella mostraba las infinitas sombras vivas al interior del cuarto. Siempre eran diferentes, si él alejaba  la lámpara, entonces la cama parecía más grande. Si, por el contrario acercaba la lámpara hacia la puerta, entonces el cuarto  parecía más  pequeño. Y así él trataba de descubrir que nueva sombra habitaba junto a él para defenderlo de su silente enemigo.
Hoy, él y ella sabían que era un día especial. Su día. Por eso, ella había llegado muy temprano para aprovechar el día y así  juntos encontraran el equilibrio entre la luz  y el silencio que dominaban la escena. Ella se acomodó sobre el sillón y no se movió más de ahí hasta el atardecer. Él sólo la contemplaba de arriba a abajo, embelesado e  impaciente esperando  que los rayos del sol  se disipen y permitan que la luz artificial tomara cuerpo.
Ella  apoyada sobre uno de sus hombros suspiraba de vez en cuando, mojaba sus labios y recorría con sus pequeños dedos desde su cuello hasta su pecho, y de ahí hacia sus muslos. Otras veces, levantaba su pierna derecha, la flexionaba, movía graciosamente su cuello y otra vez mojaba sus labios. Su rostro no mostraba facciones perfectas. Por el contrario, existía cierta asimetría que la luz de la lámpara acentuaba. Su nariz era pequeña, sus ojos eran negros, achinados y muy fuertes. Sus pómulos salientes le daban un toque de agresividad y sus orejas, casi siempre ocultas debajo de su abundante cabello azabache, eran la moldura adecuada para delimitar esa expresión huidiza tan subyugante. Finalmente, Sus labios rosados, carnosos  y desproporcionados para ese pequeño enigmático rostro eran una tentación demasiado difícil de soportar. En verdad parecía que en ese sillón, el deseo estaba vestido mujer.
Cuando el sol decidió ocultarse para dar paso a la noche, él empezó a ubicar la lámpara en distintos ángulos  alrededor del sillón, buscando que su luminosa aliada encuentre la ubicación ideal para contemplar a los amantes. Con la luz desde aquí, ella lucía hermosa pero distante. Desde allá, estaba deslumbrante pero desamparada. Desde el otro extremo del mueble se mostraba excitante y lujuriosa y con la luz detrás  ella, atravesando sus cabellos se manifestaba su inocencia y se ocultaba su timidez. Por fin,  después de muchos ensayos,  la luz halló su lugar.  Desde su afortunada ubicación, pudo iluminarla para verla enamorada y desquiciada, decidida. Tan igual como él. El momento estaba cerca.
Él se acercó a la ventana y cerró la cortina, colocó  la cama  y la apoyó sobre   la pesada puerta. Encima de la cama puso las dos sillas y la mesa. Entonces, ahora sólo eran el sillón, ella y él. Por supuesto, además de la luz y el silencio inquilinos permanentes de la habitación.  Cogió  la cámara y empezó a cargar lentamente el rollo sin perder de vista al iluminado sujeto del deseo que se mordía y mojaba los labios cada vez con mayor frecuencia. Disparó un par de vistas para asegurarse que el rollo se hallaba bien cargado. Luego, se levantó dirigiéndose hacia el sillón de manera pausada.
Ella por primera vez en todo el día empezó a sonreír imaginando quizás el resultado final de todo este postrero plan. Abrió sus brazos, arqueó su espalda y luego bostezó con tal ímpetu que laceró el silencio reinante. Enseguida,  acomodó su cabello deslizando sus dedos los cuales terminaron en su cuello dándose un reparador  masaje. Ella miró  fijamente a la cámara  cuando él probaba las dos vistas para  unir sus ojos a los de él en el  interior de la cámara.
Él le tendió la mano, ella se levantó y ambos se fundieron en un beso largo, interminable. Se abrazaron apasionadamente; él acariciaba suavemente sus cabellos, ella rodeaba la cintura de él apoyando su cabeza sobre ese pecho. Después de un momento, se separaron sólo un poco, los suficiente como para intercambiar una mirada cómplice. Ella asintió, él la apretó fuertemente contra su pecho le dio otro beso más bien corto y metió tembloroso su mano entre los bolsillos de su pantalón y sacó intempestivamente un punzón que hundió en un segundo entre su refinado cuello y su delgada espalda. Ella profirió un grito más cercano al placer que al dolor. Rápidamente, él la colocó sobre el sillón, ella no estaba muerta todavía. Sonreía, enamorada y desquiciada con la vista fija sobre el objetivo de la cámara.
Y ahí estaba él registrando cada dolor, cada  gemido que interrumpía el silencio haciéndolo desaparecer. Se movía inquieto, apurado porque sabía que el tiempo avanzaba inexorable. Cada clic se sucedía con un gemido venciendo al silencioso intruso, la luz  mostraba la sonrisa en el rostro de ella perennizando su amor. Para la última vista, ubicó la cámara sobre el trípode y accionó el automático.  Levantó a Mariela aún desfalleciente, la colocó sobre su pecho y acto seguido sacó el otro punzón y se atravesó en el cuello. Afuera, se escuchaban voces, gritos, que se hacían cada vez más lejanos. Era de noche. El horario de visita había terminado. Y ellos también.

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