PAGINAS SIXTO

lunes, 16 de mayo de 2016

EL DESPERTAR LITERARIO SETENTERO O LA BÚSQUEDA IMPLACABLE DE ARIEL JUVENIL

Este es mi Harry Potter, detente un rato joven lector, respira entre el smog de los autos trepidando por las cada vez más angostas calles de Lima, que nos están volviendo al tráfico de la Lima colonial pero con motores diésel, detente entre el ruido de corredores azules y el silencio de alcaldes amarillos.
Julio Verne fue mi JK ROWLING y Ariel Juvenil era Salamandra Ediciones.  Visitando un mercado de pulgas para malgastar en cosas que quizás ya tengo, me detuve y me encontré con este ejemplar, parecía que el destino me llevaba a 1977. Otra vez. Recordé, de nuevo, al profesor Otto yendo en un Viaje al Centro de la Tierra, al Capitán Nemo (el original) y su Nautilus recorriendo Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, a Miguel Strogoff cabalgando en una lejana estepa rusa y también a Phileas Fogg y su ayudante Picaporte dando la vuelta al mundo en ochenta días.
Eran tiempos del gobierno militar (ahora lo sé), época de televisión en blanco y negro, del pantalón acampanado y donde tener un blue jean era tener status. Refugiado en un esquina de cualquier casa haciendo crecer mi naciente e ignorada miopía leyendo sin luz.
No habían Keikos ni Kenyis aún, todo era (o se sentía) más inocente. Para jugar a solas, no se necesitaba tecnología solo representar cualquier escena de los libros de Ariel Juvenil. Fueron 100 números y estoy seguro que leí no más de la mitad, tal parece que en Perú no imprimieron toda la colección. Mi madre, otra vez nuestra protectora y formadora, me conseguía los ejemplares que se podía. Tenía una frustración por no tener toda la colección y es por ello que ahora procuro que mis hijos siempre tengan un colección completa (y me ahorro unas sesiones de psicoanálisis)
Fue con Ariel Juvenil que conocí a Alejandro Dumas y sus Tres Mosqueteros pero también aprendí a los 09 años quien fue Alfred Nobel o Albert Schweitzer (pongan google). Y los leía porque leer era igual de importante como luego sería el fulbito o el basket con mis compañeros del Ricardo Palma de surquillo.
Recuerdo que entre Dante y Angamos había un puesto de revistas de segunda donde podíamos intercambiar nuestros libros por otros. Hasta ahora no entiendo cuál era el negocio del amable señor  que de vez en cuando me carajeaba por que no llevaba nada para cambiar sino para leer con fruición y, muchas veces, de manera furtiva algún ejemplar de Ariel Juvenil.
Cuando vi este ejemplar a dos soles, busqué entre mis monedas una razón para llevármelo a casa. Tengo dos o tres versiones de este libro y me repetía a mí mismo pero esta tiene una valor mayor. Lo hojeé, esta vez sin ningún carajo de por medio, una y otra vez. La voz de mi hijo pidiendo que sigamos  buscando algo de the  Avengers (lease Los Vengadores de mi época) me trajo de vuelta a esta Lima variopinta y agreste. Seguí caminando. Sigo sin terminar mi colección





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